El Salario Mínimo Interprofesional (SMI) es una herramienta necesaria para evitar salarios indignos. Hasta ese punto, el debate ideológico seguramente resulta menor, pero el problema aparece cuando, en España, está dejando de ser un “suelo” para convertirse, en muchos sectores, en el salario más común. Y esto no debería celebrarse como un éxito, sino trasladar a la sociedad un motivo de profunda preocupación.
En una economía sana, el SMI debería afectar a una minoría, abarcando los empleos de entrada o situaciones excepcionales. Sin embargo, en España se ha convertido en el estándar en sectores como la hostelería, el comercio, la limpieza, la logística o los cuidados. Esto revela un problema estructural grave, caracterizado por salarios medios estancados, baja productividad y un mercado laboral en el que muchos trabajadores no progresan.
Otra consecuencia es la compresión salarial: si sube el SMI, pero el resto de salarios no acompaña, se reduce la diferencia entre perfiles con experiencia y sin ella. Esto desincentiva la formación, la responsabilidad y la carrera profesional. La reflexión es sencilla: si todo ha de acabar en el mínimo, esforzarse en mejorar deja de tener sentido.
Subir el SMI puede ser positivo, pero el problema de base es el uso partidista que se hace de sus incrementos, al venderse como un gran logro social mientras se evita hablar de lo importante. ¿Por qué no sube el salario medio? ¿Por qué el empleo de calidad no se extiende? ¿Por qué la precariedad sigue siendo estructural? El SMI es fácil de comunicar y da buenos titulares, pero no sustituye una política laboral completa, y si se convierte en el salario “normal” no estamos mejorando las condiciones de vida de nadie, sino acostumbrando al trabajador a vivir con el mínimo.
En definitiva, la paradoja del conocido como “efecto compresión”, entendido como la pérdida de la escalera salarial, no hace más que provocar frustración, desmotivación y rotación. Además, alimenta una sensación cada vez más extendida: que trabajar más, mejor o continuar formándose no garantiza el resultado -por otro lado lógico- de incrementar el salario.